CUARENTA LEGUAS POR CANTABRIA
Benito Pérez Galdós, 1879

 

San Vicente de la Barquera

Las marismas de la Rabia son tristes, solitarias, más solitarias y tristes a causa de su extensión. En las orillas bajas no hay pueblos, ni caseríos, ni bosques, no los verdes collados que tanto abundan en este país. Las árgomas, un linaje de hierbas espinosas que se adornan de florecillas menudas, parecidas a las de la retama, invaden todo el suelo. Lo que de éste queda libre se lo toman para sí los helechos, que extienden su dominio absoluto allí donde no entran jamás arado, ni dalle, ni azada. En la Rabia debieran existir hermosos y espesos pinares; pero no hay nada más que charcos salobres y cien mil islas bajas, formadas por intricando dédalo de canales, que unos a otros se quitan o se dan el agua, según sube o baja la marea.

Únese luego el camino a la carretera de Torrelavega a Oviedo, y poco después, vencidos los cerros que dominan la ría, se distingue el incomparable panorama de San Vicente. La inmensa anchura del valle a cuyo extremo se alza esta villa, la proximidad del mar, la gallarda situación del caserío entre dos puentes, las lejanas y altísimas montañas que forman un fondo majestuoso y parecen agrandar aún más elpaisaje, hacen de esta perspectiva una de las más admirables y sintéticas113 que pueden ofrecerse a vista del viajero. Allí todo es inmenso; tierra, cielo, montes, praderas, río, mar, marismas. Hasta el mismo pueblo de San Vicente parece un pueblo de primer orden a causa de la maravillosa fantasmagoría que produce su situación al pie del cerro, en cuya cima está la iglesia; reflejando en el agua dormida sus casas pintorescas, largando a una y otra ribera sus dos puentes como brazos con que se sostiene en los montes para poder zambullirse mejor en el agua. Tan bello es esto, que verdaderamente da pena el ver que, a continuación de la perspectiva de San Vicente, venga San Vicente mismo, cuando lo mejor sería que después de ofrecerse en imagen lejana y fascinadora a los ojos del atónito pasajero, desapareciese y se ocultara allá entre hierbas de la mar o que se desvaneciera como las figuras del humo en los aires.

Pasando el gran puente del siglo VI, de 32 arcos, sentimos verdadero estupor al ver que no se entra por allí a un pueblo como Glasgow, Hamburgo o Nueva Cork. No se comprende que aquella gran ribera haya sido criada por Dios para sustentar al pobre San Vicente, y que las inmensas marismas que quedan atrás no sustenten miles de calles y plazas donde hierva gentío120 afanoso; no se comprende que esté tan cerca un mar sin barcos y un abra sin puerto, y un río sin fondo ni muelles, y que toda aquella singular belleza y amplitud sean tan sólo un gran charco de lodo salobre donde mojan sus cimientos algunas casas añosas, tristes y negras, como los pensamientos del desesperado.

Al fin, el puente se acaba, y es preciso entrar en la villa. Un convento que fue de franciscanos parece que vigila la entrada. Torciendo a derecha mano, después de hacer una reverencia muy devota a lo que fue asilo de aquellos humildes siervos de Dios, entramos en la calle principal de San Vicente, una especie de avenida de fango, limitada a la izquierda por larga fila de altos caserones con zancudas arcadas, y a la derecha por la muralla inmediata al río. A un lado, oscuras y feísimas tiendas, balcones de hierro, en lo cuales parece haber trabajado el mismo Vulcano, según son de pesados y antiguos; a otro, serena extensión de agua en que nadan gruesas vigas de roble, y en los muelles ni un buque, ni una grúa, ni un tonel, ni una caja, ni un cable, ni un ancla rota. Semejante a una choza de pescadores, allá lejos, junto a la orilla está el santuario de la Barquera, donde no faltarán imágenes ante las cuales recen los hijos del país, siempre que no tengan otra preocupación pero en que invertir las pesadas horas.

Para ver al resto de San Vicente hay que abandonar la calzada llana y trepar por las empinadas calles que conducen a la hermosa iglesia ojival. Pero entonces el asombro del viajero sube de punto viéndose rodeado de imponentes ruinas, como si la villa hubiera padecido terremotos e incendios horribles, sin tener después una mano solícita que la reedificase. Por un lado y otro se ven enormes muros, rotos arcos y restos de edificios que fueron vivienda de hidalgas familias, y que hoy son esqueletos coronados de yedra, cuya espantosa fisonomía pone miedo en el corazón. Tristeza más honda que la tristeza de Santillana es la de San Vicente, porque la villa del Marqués conserva en su momificado y entero rostro la forma y aún la expresión de la vida, mientras este desbaratado pueblo marítimo ha sufrido la postrera descomposición de la carne, y los vientos de la mar y la lluvia del cielo le han arrebatado partícula tras partícula dejándolo129 en los puros huesos.

Aumenta nuestra pena al oír que el origen de tanta ruina no ha sido un cataclismo como en Pompeya, ni maldición del cielo como en Jerusalén, ni fuego de Dios como en Gomorra, sino decadencia pura y por ley del tiempo. Por eso San Vicente de la Barquera tiene algo de la majestad de Itálica. Pero el amarillo jaramago de esta pobre villa no es tal que despierte un exagerado afán de llorar sobre él, ni de extasiarse largas horas contemplando las nobles piedras o leyendo lo que quede de algún escudo comido de los años y las últimas letras de la inscripción heráldica que el dedo del tiempo ha empezado a borrar.

En San Vicente ha rodado, al parecer, la cuna ilustre, no sabemos si del marfil y oro, del inquisidor don Antonio del Corro, cuya hermosa estatua existe en la iglesia, atenta a la lectura de un libro. La expresión y belleza son tales, que el observador se detiene instintivamente y aguarda con ansioso afán a que el reverendo levante la marmórea cabeza y aparte del Libro los ojos sin pupilas para mirarle a él. La semejanza de este enterramiento con el que existe en la capilla de Bedmar, de la catedral de Sigüenza, es grande, y su mérito no inferior al de esta primorosa obra de arte.

Salgamos ya de San Vicente. No sólo lo exige el plan de la expedición, sino también el atractivo del hermoso país que rodea a la villa caduca y del cual jamás se sacian los ojos. Pasamos otro puente y subimos el repecho del camino de Asturias. Desde allí el panorama no es menos admirable que cuando se baja por la otra orilla en busca del puente largo. Los charcos de la marisma que rodean a San Vicente ofrecen el más complicado mapa que puede imaginar el delirio de la geografía. Todas las combinaciones posibles de rayas de agua, discurriendo sin orden ni tino por entre juncos; todas las formas geométricas de islas y penínsulas que serían posibles si estuviese en proyecto una nueva creación del mundo, se ven allí, y nadie puede eximirse de observar con pueril atención tan graciosa cosmogonía.

Entre estos caprichosos juegos del agua y el fango, se alza el cerro de San Vicente, muy semejante al lomo de un cocodrilo, y después de las múltiples series de colinas que escalonadas suben sirviendo de plinto a los montes, y en último término las descomunales crestas de Andara, último esfuerzo de la tierra para llegar al cielo.

 

 

 

 

 

 

 

LA LITERATURA DE VIAJE ESPAÑOLA DEL SIGLO XIX, UNA TIPOLOGÍA
by CHANTAL ROUSSEL-ZUAZU, M.A.
A DISSERTATION IN SPANISH LITERATURE

TESIS DOCTORAL - UNIVERSIDAD DE TEXAS - Mayo 2005

Cuarenta leguas por Cantabria fue escrito por Pérez Galdós en el año 1879, en el mes de septiembre, diez años antes de que escribiera los relatos de viaje por Italia e Inglaterra. La técnica es diferente y el acento se encuentra en el aspecto estético mucho más que en la aportación cultural en esta obra muy poética y que nos deja con el sabor y la experiencia de la región de Cantabria. Texto muy literario en el cual Pérez Galdós se esmeró en la evocación y la pintura paisajista, usando los colores, las impresiones, la humedad, las sombras, los olores y los sonidos. Escribe al principio, por ejemplo, sobre Santillana de noche: "Poco después, de toda aquella algazara no queda más que la vibrante palabra diatónica del sapo, un asqueroso hablador de la húmeda noche, que perennemente está haciendo su pregunta sin que nadie le conteste" (1433). Santillana es aislada y atrasada en los siglos. Pérez Galdós la retrata como si hubiese surgido de la edad media, completamente olvidada por el progreso y casi borrada del mapa. Sigue su viaje yendo a pueblos como Comillas y San Vicente de la Barquera, de los cuales menciona la pobreza casi general, y La Hermida en medio de las Gargantas de Panes, con sus manantiales de agua hirviente sin explotar. Termina en Potes con una lista de todos los productos excelentísimos que tiene: el jamón sin par, las aceitunas etc. Con sus impresiones de Potes, nos alegramos que haya alguna que otra excepción a la regla del olvido y de la pobreza. El viaje y el movimiento constante se ven muy presentes en este relato. Pérez Galdós mantiene el ansia por alcanzar al siguiente pueblo y con esto nos permite vivir el viaje con él, pararnos, querernos marchar, compartir la intención del viajero la cual es mantenerse en movimiento y recorrer la región, y así nos mantiene alertas y ansiosos por llegar más allá. Escribe por ejemplo: "Salgamos ya de San Vicente. No sólo lo exige el plan de la expedición, sino también el atractivo del hermoso país que rodea a la villa caduca y del cual jamás se sacian los ojos" (1440). El viajero es una entidad concreta y representa una preocupación continua del autor en sus relatos de viaje. De la llegada a Santillana, escribe: "El viajero no ve a Santillana sino cuando está en ella. Desde el momento en que sale la pierde de vista. No puede concebirse un pueblo más arrinconado, más distante de las ordinarias rutas de la vida comercial y activa" (1432). En la última parte del relato, Pérez Galdós menciona a sus compañeros de viaje: el mismo Pereda y Don Andrés Crespo. También menciona a su gran amigo Amós de Escalante en un párrafo a manera de conclusión de su relato:
La naturaleza y el suelo todo de la Cantabria han sido descritos con poético y gallardo estilo por el insigne escritor Don Amós Escalante, y las costumbres rurales y urbanas de tan encantador país han sido pintadas magistralmente por la inimitable y seductora pluma de don José María de Pereda, a cuya generosa amistad debo las delicias de este viaje, realizado en su grata compañía, juntamente con la del señor don Andrés Crespo. (1445)

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Santander, 15-03-2005
El libro 'Cuarenta leguas por Cantabria', 'clásico de la literatura de viajes de la región', aparece en versión bilingüe

La Consejería de Cultura, Turismo y Deporte y Ediciones Tantín han editado el libro 'Cuarenta leguas por Cantabria' de Benito Pérez Galdós, "un clásico de la literatura de viajes por la región". El libro, ya editado en castellano hace años "tiene como un aliciente más su versión bilingüe que servirá para que el número de sus lectores se incremente de forma sustancial".

El consejero de Cultura, Turismo y Deporte, Francisco Javier López Marcano, presentó hoy el libro acompañado por el representante de la Editorial Tantín José Luis Fernández y el alcalde de Polanco, Miguel Ángel Rodríguez.

A juicio de López Marcano, Galdós fue uno de los primeros "embajadores universales" de Cantabria allá donde iba, por lo que consideró esta publicación "necesaria e interesante", ya que constituye por si sola un manual de promoción turística, principalmente por su versión bilingüe "que viene muy bien como instrumento promocional en los mercados de habla inglesa".

La publicación abarca desde los paisajes idílicos hasta los paisajes de epopeya. "De la mano de Galdós", indicó López Marcano, el lector podrá recorrer los valles del interior como Santillana del Mar, Alfoz de Lloredo, los situados en el litoral como Comillas o San Vicente de la Barquera y "llegar hasta" las tierras limítrofes.

Se han editado un total de 1.500 ejemplares, de los cuales 500 pertenecen a la Consejería "para distribuirlos en la red turística". El libro puede ser utilizado como guía de viaje "ya que el paisaje de estos pueblos ha cambiado muy poquito" y las descripciones de los paisajes "son magníficas", según subrayó el consejero.

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